Thursday, January 24, 2008

Jornada de Pretensiones - 24/01/08

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA - Desde el periódico La Jornada, el socialismo cubano pretende recobrar el brillo de la gloria. Apenas se rozan los vastos territorios sembrados de errores y políticas absurdas. Allí se rompen los equilibrios a favor de la subjetividad. Hay rastros de complacencia y un tono que invita a pensar en compromisos más allá del ejercicio de hilvanar párrafos.

Según Ángel Guerra, el crecimiento económico marcha por caminos seguros. Sobran las reservas de voluntad y sacrificio para acometer nuevas tareas en aras de relanzar la utopía de un socialismo que marque pautas en el ahorro y la eficiencia.

¿Serán necesarios otros 50 años para llegar a la ansiada meta? Tal interrogante nada tiene que ver con la ironía o con otras formas de echar sombras sobre algún tema, simplemente se deriva de la larga historia de promesas incumplidas, descabellados planes de desarrollo, exhortaciones baldías, objetivos sin otro propósito que el de satisfacer egos y caprichos.

Basta conocer que en 1959, Cuba prácticamente se autoabastecía de alimentos, contaba con una infraestructura superior a la que poseían muchos de los países latinoamericanos. Rubros tales como la ganadería, la industria ligera, los servicios, entre otros mostraban un grado de productividad notable y un dinamismo en ascenso. Es cierto que no todo era color de rosa, pero es justo aclarar que el infierno que suele describirse es parte de un falso estereotipo que ha logrado fijarse en muchísimas mentes alrededor del mundo.

Es un hecho, a pesar de detractores de endebles fundamentos, tontos útiles y oportunistas de ocasión, que la revolución ha abierto nuevos espacios de miseria. ¿Es lógico que un trabajador perciba un salario de 17 dólares al mes como promedio?

Argumentar que las bajas tasas salariales se compensan con el acceso gratuito a la salud y la educación, y con la entrega de una cuota mínima de productos racionados, es una manera de justificar un desastre que tiene sus principales causas en una pésima administración de los recursos, una burocratización rampante, y el auge de las corruptelas.

¿Qué pensar cuando algún alto dirigente afirma que hubo un alza del 7,5% del PIB en 2007 y no se atisba, ni en el horizonte, un indicio del mejoramiento del nivel de vida de la población?

Estas contradicciones, que para entenderlas no son necesarios conocimientos especializados, son aguijonazos al ciudadano común harto de rejuegos estadísticos y oratorias que se convierten en peldaños hacia la alienación.

Aclaro que el cubano no es el pueblo más desgraciado de la familia latinoamericana en cuanto a términos relativos a la miseria absoluta, pero el asunto radica en la disparidad de las metas fijadas por el gobierno y sus resultados. Por ejemplo: ¿Es creíble proclamar el pleno empleo sin una revisión profunda de las políticas de inversión, la aprobación de justos reglamentos laborales y el establecimiento de estímulos materiales que destierren el estancamiento industrial e incentiven las motivaciones de una masa obrera que prefiere emplearse a fondo en el mercado negro antes que en el subempleo estatal? ¿Es sensato graduar miles de médicos sin elaborar antes un plan donde se busque una compaginación razonable de disponibilidad financiera, uso racional de recursos humanos y materiales, y capacidades reales de un país subdesarrollado?

Por mucho que se insista en los devastadores efectos de embargo norteamericano, la mayoría de los cubanos de a pie dudan de la veracidad de tales afirmaciones.

“Eso del bloqueo es una farsa que aburre”. “El quid de la cuestión está en la incapacidad de la clase dirigente, en la definición de estrategias basadas en un nacionalismo que antagoniza con una proyección real de desarrollo sostenible.

“Han querido vivir a costa de una ideología obsoleta”, me dijo un economista que aún labora en una institución oficial. “El sistema es en esencia promotor de improductividad y descontrol. A Cuba hay que rehacerla, todo está patas arriba”, agregó el especialista.

Aún se encuentran defensores del proyecto revolucionario entre el pueblo. Particularmente apoyo su derecho a manifestar sus ideas como mejor lo consideren. El problema surge a partir de la extendida práctica de la doble moral. ¿Quién se expresa con sinceridad en un país donde el libre ejercicio del criterio no está respaldado por ley alguna? Cientos de personas han terminado en la cárcel por exteriorizar sus pensamientos no acordes con los lineamientos oficiales. Actualmente languidecen en diferentes centros carcelarios 62 prisioneros de conciencia.

Raúl Castro ha exhortado al debate sincero, a decir las cosas sin tapujos, pero, ¿cuál es el margen de maniobra para no caer en desgracia? El código penal no se revisa, la policía política sigue en sus funciones de amargarle la vida a los que disienten.

Por tanto hay predisposición a desahogarse a fondo. Todos o casi todos los cubanos prefieren la prudencia. Hablar, pero con cuidado. “No se puede confiar en una dictadura”, me aseveró un estudiante universitario con un gesto de reprobación.

Se dice que fuera del bosque la visibilidad es mejor, la nitidez, los contrastes, el brillo, son cualidades que pueden observarse sin las trampas de las ilusiones ópticas. Ángel Guerra parece haber tomado posición en un sitio muy alejado del objetivo. Ve a Cuba demasiado bien, casi sin manchas, triunfal y con mejores perspectivas que nunca. Desde dentro de la maleza siento que la isla huele a selva y a carroña.

Mis apreciaciones están justificadas, pues el 50% de los campos cultivables permanecen infestados de marabú y el tufo a inmundicia debe ser de las decenas de ríos de aguas albañales que bañan las calles de los municipios más populosos de la capital.

Cuba ha involucionado más allá de las pretensiones de La Jornada.